Ocho primos
Ocho primos —Me interesan más mis primos que mis pendientes, de modo que prometo cumplir y mantener mi palabra.
—¡Qué vergüenza, PrÃncipe! Déjala usar esas chucherÃas si asà lo desea, y no la comprometas a nada por hacer lo que sabes de sobra que está bien hecho —gritó Archie, saliendo de su montaña de diarios y poniéndose de pie indignado.
Pero Rosa estaba decidida a demostrar a su tÃa que era capaz de usar en bien la influencia que podÃa ejercer sobre los chicos, y dijo con firmeza:
—Es justo y quiero que asà lo entiendas; de ese modo comprenderán que hablo en serio. Tomen, para que les sirvan de recuerdo, pueden usar uno cada uno en la cadena del reloj.
Diciendo esto, ofreció un pendiente a cada primo, y los chicos, dándose cuenta de su sinceridad, la obedecieron. Una vez guardadas las prendas, Rosa extendió una mano a cada uno, que los chicos estrecharon efusivamente, no sabiendo si avergonzarse o alegrarse del trato hecho.
En aquel momento entraron el doctor Alec y la tÃa Jessie.
—¿Qué es esto? —dijo el doctor contemplándolos sorprendido—. ¿Prácticas de baile en domingo?