Ocho primos
Ocho primos —Para ser sincera, si es forzoso que los chicos hablen en argot, prefiero la jerga marÃtima, como la llama Will. Me desagrada menos oÃrlos hablar de «rizar la trinquetilla», que de «romperse el cogote», «darse de patadas» o «diñarla», por ejemplo. Una vez impuse que en casa no quiero argot de ninguna clase. Desisto ahora, ya que mi orden no se respeta; pero no permito libros nocivos o insulsos, de modo que Archie puede hacer con estos dos lo mismo que con los cigarros.
La señora Jessie sostenÃa firmemente a los dos niños con una mano en cada cuello, y en esta posición, apenas si pudieron moverse un poco.
—SÃ, ahà detrás del leño más grande —continuó con energÃa—. Bueno, pirulis (ya que quieren argot, les voy a dar un poco), prométanme que durante un mes no leerán esas cosas y yo los proveeré de material conveniente.
—¡Oh, mamá! ¿Ni uno solo? —gritó Will.
—¿No podemos concluir éstos? —preguntó Geordie plañideramente.
—Los muchachos han tirado cigarros a medio fumar; vuestros libros tienen que seguir el mismo camino. No querrán que los mayores demuestren más carácter, ni ser menos obedientes con mamá de lo que ellos han sido con Rosa.