Ocho primos
Ocho primos —¡Claro que no! Vamos, Geordie —y Will se despidió de su héroe. Su hermano suspiró, y obedeció también, pero en su fuero interno se prometió terminar el libro en cuanto se cumpliese el mes.
—Te has echado sobre los hombros una tarea pesada, Jessie —dijo el doctor Alec, a quien divertía mucho lo que acababa de ver—, la de procurarles material de lectura adecuado, sobre todo por tratarse de chicos que se han criado con libros sensacionalistas. Será como volver de las tortas de fresa al pan y manteca, pero es probable que con eso les evites una fiebre dañina.
—Recuerdo haberle oído al abuelo que el amor por los buenos libros es una de las mejores defensas que un hombre puede tener —empezó a decir Archie, mirando pensativo los estantes de la biblioteca.
—Sí, pero ahora no hay tiempo para leer; el que quiere salir adelante —replicó Charlie— tiene que rebuscárselas en procura de dinero, o de lo contrario nunca será algo.
—Ese amor al dinero es la maldición de nuestro país —manifestó con tristeza la señora Jessie—, y por el dinero los hombres venden el honor y la decencia a tal punto que ya no sabemos a quién tener confianza, y sólo genios como Agassiz se atreven a decir: «No puedo perder el tiempo en enriquecerme».
—¿Quieres que seamos pobres, mamá? —preguntó Archie, preocupado.