Ocho primos

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—No, querido, no hace falta une lo seas mientras a esta sed de riquezas y a las tentaciones que trae consigo. ¡Oh, hijos míos! Tiemblo pensando en que un día no estaré con ustedes, porque me partiría el corazón verlos fracasar como fracasan tantos. Antes preferiría verlos muertos, con tal que de ustedes pudiese decirse, como de Sumner: «Ninguno se atrevió jamás a intentar sobornarlo».

La señora Jessie hablaba tan serio, en su maternal vehemencia, que le falló la voz en las últimas palabras, y abrazó con fuerza las cabezas rubias como si temiese verlos abandonar aquel puerto de seguro refugio, rumbo al mar inmenso en que tantos barquichuelos naufragan. Los jóvenes se apretaron contra ella, y Archie dijo resueltamente:

—No puedo prometerte, mamá, que seré un Agassig o un Sumner; pero te prometo ser un hombre honesto, Dios mediante.

—Con eso me basta —y tomando la mano que su hijo le alargaba, selló la promesa con un beso pleno de fe y esperanza maternal.

—No entiendo que puedan ser malos nunca, siendo así que la tía los quiere tanto y está tan orgullosa de ellos —murmuró Rosa, emocionada por la pequeña escena.


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