Ocho primos

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CAPÍTULO 20

BAJO EL MUÉRDAGO

ROSA obligó a Febe a prometerle que la mañana de Navidad llevaría su media a la «Glorieta», como había bautizado a su pequeño cuarto, porque tenía la impresión de que la ansiedad perdía la mitad de su gracia si por lo menos dos gorritos de dormir no se encuentran encima de los tesoros y dos voces alegres no exclaman al unísono «¡Ah!» y «¡Oh!».

Así, pues, cuando Rosa abrió los ojos aquel día, su vista se posó en Febe, envuelta en un mantón, que se había sentado en la alfombra junto al fuego y a su lado tenía la media sin tocar.

—¡Feliz Navidad! —gritó la amita, sonriendo dichosa.

—¡Feliz Navidad! —contestó la criadita presa de incontenible alegría.

—Trae las medias en seguida, Febe, y a ver que tenemos —dijo Rosa, incorporándose entre las almohadas y tan anhelante como si fuese una criatura.

Extendieron sobre la colcha un par de medias llenas de bultos y examinaron con deleite el contenido de ambas, aunque cada una de ellas se sabía al dedillo lo que había en la media de la otra.

No entremos en detalles; bástenos con saber que se sintieron gozosas, pues al recostarse Rosa, dijo con muestras de inmensa satisfacción:


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