Ocho primos

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—Ahora creo tener todo lo que necesito —y Febe contestó, contemplando sonriente el montón de sus tesoros.

—Ésta es la mejor Navidad que yo recuerdo. —Luego, con aires de importancia, añadió—: Formula algún deseo, pues sé de otros dos regalos que están al salir de esta puerta.

—¡Oh, cuántas riquezas! —exclamó Rosa emocionada—. Mi mayor anhelo ha sido un par de zapatitos de cristal como los de Cenicienta, pero como esto no es posible, no sé en realidad qué pedir.

Febe batió palmas mientras la niña saltaba del lecho y se encaminaba a la puerta corriendo, y todavía agregó:

—Uno de esos regalos es para los pies. No sé que dirás del otro, pero a mí me parece elegantísimo.

También le pareció esto mismo a Rosa, que volvió muy contenta con un par de patines y un hermoso trineo.

—Adivino que esto es cosa del tío; y ahora que lo veo, me acuerdo de que siempre he deseado patinar y andar en trineo. Son preciosos, y me quedan muy bien, ¿verdad? —y, sentándose en el nuevo trineo, Rosa hizo la prueba de patinar con su pie descalzo, mientras Febe permanecía inmóvil admirando aquel cuadro hermoso.


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