Ocho primos
Ocho primos —No le hace, es muérdago, y todos los que se paren debajo tendrán que aceptar un beso, les guste o no. Les ha tocado el turno, chicas —dijo el PrÃncipe, dirigiendo a las muchachas miraditas sentimentales, mientras ellas huÃan precipitadamente de la zona peligrosa.
—A mà no me atrapan —dijo Rosa con mucha dignidad.
—A ver si no.
—Yo le he puesto el ojo a Febe —exclamó de pronto Will, con un tono tan paternal que todos echaron a reÃr.
—Debo confesar que no opondrÃa muchos reparos —confesó Febe, y el tono de su voz fue tan maternal que la salida del chico perdió gran parte de su efecto.
—¡Oh, ramita de muérdago! —canturreó Rosa.
—¡Oh, ramita de muérdago! —repitieron todos los chicos, y las bromas cedieron el puesto a la balada plañidera que todos conocÃan tan bien.
Hubo tiempo de sobra para probarse los nuevos patines antes de la cena y Rosa tomó su primera lección en la pequeña bahÃa, que parecÃa haberse congelado ex profeso. No dejó de sufrir sus buenos tumbos y caÃdas, pero teniendo seis maestros voluntariosos, logró al fin mantener el equilibrio; y satisfecha con su triunfo, se dedicó luego a recorrer seis veces la costa con el Amazonas, como habÃa dado en llamar al trineo.