Ocho primos
Ocho primos —¡Ah, esos colores! Verlos me parte el corazón — dijo gruñendo la tÃa Myra, cuando Rosa entró un poco retrasada, con las mejillas tan rojas como las frutas del acebo que pendÃa de la pared y los rizos todo lo estirados que pudieron salir de las manos de Febe.
—Me encanta que Alec permita a la niña embellecerse, a pesar de sus ideas tontas —añadió la tÃa Clara, encantada al ver que el nuevo vestido azul de Rosa tenÃa tres fruncidos.
—Es una chica inteligentÃsima y sabe cuidarse bien —observó la tÃa Juana con afabilidad inusitada, pues Rosa acababa de entregar a Mac una pantalla que tenÃa por objeto protegerle los ojos del brillo intenso del fuego.
—Si yo pudiese enseñarle una hija asà a mi Jem cuando vuelva, serÃa la mujer más orgullosa y feliz del mundo —pensó la tÃa Jessie, y al instante reconoció con dolor que no estaba del todo satisfecha con sus cuatro valientes hombrecitos.