Ocho primos

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Jamie, con la mayor audacia del mundo, se puso debajo de la rama e invitó a todas las mujeres a que fuesen a besarlo, y el tío Jem hizo como si el cuarto entero estuviese lleno de muérdago. El tío Alec, con todo sigilo, puso unas hojitas en el gorro de la tía Paz, y la besó dulcemente, broma que a ella pareció halagar mucho, pues le agradaba participar en todos los regocijos familiares y Alec era su sobrino favorito.

Fue Charlie el único que no pudo atrapar su presa y cuando más se le escapaba, más se empeñaba en alcanzarla. Una vez que fracasaron todos los demás ardides, se combinó con Archie para que propusiese jugar a las prendas.

—Entiendo bien de que se trata —pensó Rosa, y se mantuvo en guardia con tanto cuidado que en la pila que pronto se formó no hubo ninguna prenda que le perteneciese.

—Rescatémoslas y juguemos a otra cosa —dijo Will, totalmente inconsciente de los siniestros propósitos que flotaban en el ambiente.

—Una vuelta más y dejamos —contestó el Príncipe, que había cargado los cepos nuevamente.


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