Ocho primos
Ocho primos Hubo un silencio impresionante en el rincón ocupado por los jóvenes, pues todos estaban convencidos de que Mac se pondría furioso, ya que nada detestaba tanto como estas tonterías y se puso a conversar con los mayores cuando empezó el juego. En aquel momento se hallaba de pie delante del fuego, escuchando la conversación de sus tíos y su padre y con grandes aires de importancia, muy ajeno, por supuesto, a lo que se tramaba en contra suya.
Charlie esperaba que Rosa diría «No, eso no» y quedó un tanto extrañado, por no decir asustado, cuando ella miró a su víctima y echó a reír, después de lo cual se dirigió al grupo de los mayores, y atrajo a su tío Mac bajo el muérdago, sorprendiéndolo con un beso estrepitoso.
—Gracias, querida —dijo el caballero, y se veía que aquel honor inesperado era en él un motivo de orgullo.
—¡Oye! Eso no está bien —empezó a decir Charlie. Pero Rosa lo interrumpió diciéndole, con una reverencia estudiada que acompañaba sus palabras:
—Dijiste Mac, y aunque me pareció una falta de respeto, lo hice. Fue tu última oportunidad, amiguito, de modo que has perdido.