Ocho primos

Ocho primos

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Estaban detenidos en el vestíbulo, dándose las buenas noches, cuando escucharon de pronto una voz dulce y suave que cantaba «Hogar, dulce hogar». Era Febe, la pobre Febe que nunca había tenido hogar, que no conocía cariño de padre ni de madre, hermano o hermana, que vivía sola en el mundo, pero no sentía tristeza ni miedo y aceptaba con gratitud su reducida parte de dicha, cantando al trabajar, sin que un leve asomo de angustia cruzara por su espíritu.

Supongo que la familia dichosa, de pie todos juntos, escuchando aquella canción, no fue insensible a la belleza, pues cuando la voz llegó al estribillo todos se le unieron y lo corearon con tanta dulzura que la casa parecía devolver como un eco la palabra «hogar» y su sonido era una como música en los oídos de las dos huerfanitas que por primera vez pasaban la Navidad juntas bajo un techo hospitalario.








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