Ocho primos
Ocho primos UN SUSTO
HERMANO Alec, supongo que no habrás pensado dejar que esa chica salga con el frĂo que hace —dijo la señora Myra al doctor, que estaba sentado leyendo el diario en su estudio una mañana de febrero.
—¿Por quĂ© no? Si una enferma tan delicada como tĂş puedes soportarlo, es seguro que mi sobrina, que rebosa salud, puede soportarlo tambiĂ©n, máxime que está vestida como para tiempo frĂo —contestĂł el doctor Alec con comunicativa confianza.
—Pero no te imaginas que penetrante es el viento. Estoy helada hasta la mĂ©dula —contestĂł la tĂa Myra, apretándose con su guante oscuro la punta de la nariz amoratada.
—No lo dudo, pues te empeñas en vestir crépe y seda en vez de pieles y géneros de lana. Rosa sale con cualquier tiempo, y no se sentirá peor después de haber patinado una hora.
—Pues bien, te prevengo que estás jugando con la salud de la niña, y que te confĂas demasiado en el mejoramiento que al parecer ha logrado este año. Es una criatura delicada y al primer ataque serio desfallecerá de pronto, como le ocurriĂł a la madre —cacareĂł la obstinada señora, moviendo condenatoriamente su sombrero.
