Ocho primos
Ocho primos Esta respuesta hizo que la tía Abundancia levantara en alto los brazos y se alejase al pasito, para decir a su hermana Paz que nunca lograría entender a aquella niña, y que era una suerte que Alec viniese pronto a quitarles de encima aquella responsabilidad.
Fatigada por los esfuerzos imprevistos de la tarde, Rosa se acurrucó en un rincón del sofá para descansar y pensar en el gran misterio, sin imaginarse ni remotamente que a ella le tocaría conocerlo antes que a nadie.
En mitad de sus meditaciones se quedó dormida, y soñó que estaba nuevamente en casa, en su camita. Le pareció que se despertaba y que su padre estaba inclinado sobre ella, diciéndole tiernamente: «¡Mi pequeña Rosa!», y que ella respondía: «Sí, papá», despues de lo cual el hombre la tomaba en brazos y la besaba tiernamente. Tan dulce y real el sueño, que se puso en pie con un grito de gozo al verse en brazos de un hombre moreno, de barba, que la apretaba contra sí y le murmuraba en una voz tan igual a la del padre, mientras ella lo abrazaba: «Ésta es mi niñita, y yo soy el tío Alec».