Ocho primos

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CAPÍTULO 3

TÍOS

CUANDO Rosa se despertó a la mañana siguiente, no estaba segura si lo de la noche anterior era sueño o realidad. Se puso en pie y se vistió, aun cuando era una hora más temprano que la acostumbrada, pues ya no podía conciliar el sueño, poseída como estaba por un intenso deseo de bajar y ver si en el vestíbulo se hallaban el portamanteo y las maletas. Tuvo la sensación de que tropezó con aquellos objetos al irse a dormir, pues las tías la habían mandado acostarse muy puntualmente, porque no querían compartir con nadie los agasajos a su sobrino predilecto.

Brillaba el sol, y Rosa abrió la ventana para que entrase a raudales el aire fresco de mayo que venía del mar. Cuando se asomó al balconcito, para ver a los pájaros picoteando gusanos, y mientras al mismo tiempo se preguntaba si le gustaría el tío Alec, vio que un hombre saltaba la tapia del jardín y se aproximaba silbando por la vereda. Al principio pensó que sería un intruso, pero mirando mejor adivinó que era su tío, que volvía de remojarse en el mar. Apenas si se había atrevido a observarlo la noche anterior, porque cada vez que lo intentó se encontró con un par de ojos azules que la contemplaban con fijeza. Ahora pudo estudiarlo a sus anchas, mientras el hombre seguía su marcha, prestando atención a todos los detalles, como denotándose contento de volver a ver la vieja casa.


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