Ocho primos

Ocho primos

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Un hombre moreno, vivaz, de chaqueta azul y sin sombrero en la cabeza de cabello rizado, que sacudía de vez en cuando como un perro de aguas; de hombros anchos, movimiento inquieto y un aire general de fuerza y estabilidad que plugo a Rosa, aunque no pudo explicarse la sensación de sosiego que le impartía. Acababa de decirse: «Creo que me va a gustar, aunque parece ser de esos que imponen respeto», cuando el hombre levantó la mirada para fijarse en el algarrobo en flor, y advirtió que una carita anhelante lo observaba. Le hizo seña con la mano, movió la cabeza y le gritó con voz jovial y firme:

—¡Hola, nietita! Pronto has salido a cubierta.

—Vine a cerciorarme de que usted estaba aquí realmente, tío.

—¿De veras? Bueno, baja y así te cercioras del todo.

—No me permiten salir antes del desayuno.

—¡Oh, es verdad! —dijo frunciendo el entrecejo—. Entonces subiré a bordo para saludarte.

El tío Alec trepó por una de las columnas, pasó por el techo, y fue a parar a la ancha balaustrada.

—¿Tienes dudas aún?

Rosa quedó tan atónita, que de momento no pudo hacer otra cosa que sonreír.


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