Ocho primos
Ocho primos —¿Qué tal se siente mi niña esta mañana? —preguntó, tomando la manecilla frÃa que ella le alargaba y estrechándola entre sus dos manazas.
—Bastante bien, señor, gracias.
—Tiene que ser muy bien. ¿Por que no es as�
—Siempre me levanto con dolor de cabeza y cansada.
—¡No duermes bien?
—Estoy despierta mucho tiempo, y luego sueño; y parece que no venzo la fatiga del todo.
—¿Qué haces en todo el dÃa?
—Leo, coso un poco, duermo la siesta, y acompaño a la tÃa.
—¿No corres por afuera, ni practicas quehaceres domésticos, ni andas a caballo?
—La tÃa Abundancia dice que no soy bastante fuerte para hacer mucho ejercicio. A veces salgo en coche con ella, pero no me gusta mucho.
—No me extraña —dijo el tÃo Alec, a medias consigo mismo, y añadió, con aquella su manera rápida de hablar—: ¿Quién has tenido para jugar contigo?
—Nada más que Annabel Bliss, y era tan tonta que no pude aguantarla. Ayer vinieron los chicos, y me parecieron muy simpáticos; pero, por supuesto, no pude jugar con ellos.
—¿Por que?
—Tengo demasiada edad para jugar con chicos.