Ocho primos
Ocho primos —Puedes reÃrte si quieres, porque sé que todo esto es muy raro, y por eso lo oculto; pero no tengo inconveniente en que lo veas, ya que me has descubierto, y no me avergüenzo de ser tan atrasada a mi edad —dijo Febe humildemente, aunque las mejillas se le enrojecieron mientras pretendÃa borrar una o dos mayúsculas torcidas con el lÃquido de algunas lágrimas que no se habÃan secado en la pizarra.
—¡ReÃrme! Más deseos siento de llorar al pensar en lo egoÃsta que soy, pues teniendo tantos libros y tantas cosas que pueden serte útiles, nunca se me ocurrió darte algunas. ¿Porque no me pediste, en vez de hacer este enorme esfuerzo completamente sola? Has hecho muy mal, Febe, y no te perdonaré que vuelvas a hacerlo —contestó Rosa, una mano puesta en el hombro de Febe, mientras con la otra volvÃa suavemente las hojas del cuaderno improvisado.
—No tuve valor de pedir nada más, siendo asà que eres tan buena conmigo —exclamó Febe y la miró con ojos que reflejaban toda la gratitud de su corazoncito.