Ocho primos

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—¡Qué orgullosa eres! Como si para mí no fuese un placer, y más teniendo todas las cosas que tengo. Bueno, veamos; se me ha ocurrido un plan, y no debes decir que no, porque me enojaría mucho. Quiero hacer algo; lo mejor será que te enseñe todo lo que sé. No llevará mucho tiempo —y Rosa sonreía mientras llevaba una mano a la cabeza de Febe y la acariciaba suavemente.

—Sería divino —comentó Febe, cuyo rostro se ilumino al sólo pensar en esto; pero nuevamente la cara se ensombreció y dijo—: Aunque creo que no debo permitírmelo, porque esas cosas llevan tiempo y al doctor es fácil que no le guste.

—No ha sido partidario de que yo estudie mucho, pero jamás me dijo que no debo enseñar, y no creo que le preocupe lo más mínimo. De todos modos, podemos probar hasta que venga, así que junta tus cosas, y sube a mi cuarto, y de ese modo empezaremos hoy mismo. Para mí será un placer inmenso, y pasaremos juntas unos ratos deliciosos, ya verás.

Era emocionante ver a Febe juntando sus cositas en el delantal, y ponerse de pie de un salto, como si el más grande anhelo de su corazón se hubiese convertido de pronto en realidad; y no menos emocionante ver a Rosa, que corría delante, mientras cantaba alborozada y alegre:


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