Ocho primos

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—No, creo que no; un poco dañinos. Son mayores que los nuestros, pero están encantados con el Príncipe, porque es tan alegre; canta bien, baila y sabe jugar a todos los juegos conocidos. Le ganó a Morse al billar y eso es toda una hazaña, porque Morse se considera un maestro. Vi el partido, que fue muy emocionante.

Esteban se entusiasmó narrando las proezas de Charlie, a quien admiraba inmensamente y trataba de imitar. Rosa no conocía en toda su magnitud el peligro de los gustos y habilidades de Charlie, pero sospechó instintivamente que algo de malo tendrían cuando Archie estaba en contra.

—No puedo entender cómo el Príncipe prefiere jugar al billar con cualquiera antes que con Archie. Eso debe estar mal —dijo Rosa.

—Sí, pero es que tanto Charlie como Archie son muy orgullosos, y ninguno de los dos quiere dar el brazo a torcer. Supongo que Archie tiene razón, pero tampoco me parece feo que a Charlie le agrade juntarse con los otros a veces, porque son muy alegres –y Esteban movió la cabeza, cargada de preocupaciones morales, aun cuando los ojos le brillaban al recordar las travesuras de los chicos «dañinos».

—¡Válgame el cielo! —dijo Rosa suspirando—. No veo qué puedo hacer, pero quisiera que los chicos hiciesen las paces, porque el Príncipe no tiene nada que temer de Archie, que es tan bueno y tan sensato.


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