Ocho primos

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—Eso es lo malo. Archie predica, y el Príncipe no le hace caso. Le dijo que era un mojigato y un tonto y Archie le contestó que no era caballero. ¡Oh, oh! ¡Cómo se enojaron los dos! Durante un rato pensé que se irían a las manos. Ojalá hubiesen liquidado el asunto de ese modo, porque entonces no habrían andado tiesos y serios desde entonces. Mac y yo dirimimos nuestras diferencias con unos cuantos golpes en la cabeza, y aquí no ha pasado nada.

Rosa no pudo menos de reír al ver a Esteban haciendo ejercicios de boxeo en el sofá, en su empeño por ilustrar gráficamente su idea; y después de haber aplicado al mueble unos cuantos directos muy científicos, se arregló los puños y sonrió al mirar con aires de superioridad a la pobre chica que no entendía esas maneras de zanjar desavenencias.

—¡Qué raros son los muchachos! —exclamó Rosa, entre admirada y perpleja y dirigiendo a Esteban una mirada que éste tomó como un cumplido al sexo contrario.

—Tenemos nuestros recursos, y la prueba está en que las chicas no saben vivir sin nosotros —contestó, frunciendo la nariz. De pronto se acordó del aspecto comercial y agregó—: ¿Qué hay de ese dinero que me ibas a prestar? Yo he hecho mi parte. A ver ahora la tuya.


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