Ocho primos

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Encontrábase sentada sola en el recibidor, muy alegre y muy bonita, pues llevaba su mejor vestidito, un prendedorcito de oro que su tía acababa de darle y en el cinturón un capullo de rosa té, como la hermosa señorita Van Tassel, a quien todo el mundo admiraba. Extendió bien sus faldas en el sillón lujoso y se puso a contemplar sus pies, calzados con zapatos que ostentaban unas rosetas casi tan grandes como dalias. En aquel momento entró Charlie y Rosa creyó notarlo algo raro y soñoliento. Al verla, sin embargo, se espabiló del todo y dijo con una sonrisa que terminó en bostezo:

—Creí que estarías con mamá y por eso me acosté a dormir la siesta un rato después que se fueron las muchachas. Bueno, Rosamunda, estoy a tus órdenes. Manda y serás obedecida.

—Cualquiera diría que te duele la cabeza —le dijo Rosa, al observar las mejillas arreboladas y los ojos cargados—. Si te sientes mal, no te ocupes de mí, que puedo irme sola, y además es temprano.

—No sé cómo se te ocurre eso. Es que el champaña me hace doler la cabeza siempre, pero con el aire fresco se me pasará.

—¿Y por qué lo bebes entonces? —inquirió Rosa ansiosamente.

—No puedo evitarlo cuando tenemos visitas. Pero no me vengas ahora con sermones. Tengo bastante con los de Archie y sus ideas a la antigua.


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