Ocho primos
Ocho primos Y con ese último golpe de efecto, Rosa salió del cuarto, dejando a Charlie tan sorprendido como si su paloma favorita hubiese levantado el vuelo de pronto y estuviese picoteándole la cara. Se enojaba tan pocas veces la chica, que cuando se le subían los pájaros a la cabeza impresionaba a los muchachos, pues generalmente su indignación era justificada por alguna injusticia o mala acción y no por cuestiones de chiquillos.
La tormenta se diluyó en uno o dos sollozos, mientras se ponía el abrigo, y cuando salió era su cara la pintura de la satisfacción. Dio presurosamente las buenas noches a la tía Clara, que estaba en manos de su peinadora, y luego fue en busca de Mary la criada. Pero Mary había salido y el jardinero también, por lo cual Rosa salió sigilosamente por la puerta trasera, alegrándose de no encontrarse nuevamente con Charlie ni tenerlo por acompañante.
Pero se equivocaba, pues no había hecho más que cerrar la puerta cuando oyó cerca suyo unos pasos conocidos y vio al Príncipe a su lado, que le decía compungido:
—No hace falta que me hables si no lo deseas, prima, pero estoy obligado a dejarte sana y salva a la puerta de tu casa.
La ira de Rosa desapareció como por encanto. Se dio la vuelta y le respondió cordialmente: