Ocho primos
Ocho primos La risa les hizo bien, y cuando el PrÃncipe habló de nuevo fue en otro tono, más reflexivo y nada orgulloso ni enconado.
—Lo malo es que no tengo hermanos ni hermanas. Los otros están mucho mejor y no necesitan salir de su circulo para procurarse amigos si no quieren hacerlo. Yo estoy solo, y me agradarÃa tener aunque fuera una hermana.
Rosa pensó que esas palabras tenÃan mucho de sentimental y pasó por alto aquello de «aunque fuera», diciéndole con una seriedad que en el acto ganó la voluntad de su primo:
—Haz de cuenta que soy una hermanita tuya. Sé que soy muy tonta, pero tal vez resulte mejor que no tener ninguna, y me encantarÃa serte útil.
—Muy bien. Lo haremos, y debo prevenirte que tú no eres tonta, sino una chica muy sensata y para mà será un motivo de orgullo tenerte como hermana —y Charlie contempló la cabeza de Rosa y los rizos juguetones que se movÃan al andar.
Rosa dio un saltito de placer y poniendo un manguito de foca sobre el otro, en un brazo, dijo con alegrÃa:
—Eso te hace un gran honor. Pues bien, no hace falta que te sientas solo. Yo trataré de ocupar el puesto de Archie hasta que él vuelva, pues estoy seguro de que volverá apenas tú le des pie.