Ocho primos
Ocho primos —He estado pensando que sin duda deberÃa hacer asÃ, aunque tengo razón. Quiero mucho a Charlie, y es el chico de mejor fondo que hay en el mundo; pero no sabe decir que no y esa es la razón por la cual lo veo por mal camino como no se cuide —dijo Archie con su estilo grave y bondadoso—. Mientras papá estuvo con nosotros, no salà de casa, y el PrÃncipe se buscó esos amigotes que no me gustan nada. Tratan de dárselas de hombres y lo adulan, induciéndolo a toda clase de vicios, como jugar por dinero, apostar y andar vagando por ahÃ. Me da rabia verlo en esas andanzas, y he procurado apartarlo, pero le lleve mal el ataque y ha sido peor.
—Está conforme en volver sobre sus pasos si tú no hablas mucho, pues me ha confesado que hacÃa mal, pero no lo creo capaz de reconocerlo delante tuyo con palabras —dijo Rosa.
—No le hace; si deja a esos trapisondistas y vuelve a mi lado, prometo no abrir la boca ni predicar. Quisiera saber si no les debe dinero, porque entonces no querrá separarse de ellos hasta habérselo pagado. ConfÃo que no ocurra tal cosa, pero lo malo es que no me atreverÃa a preguntarlo, aunque tal vez lo sepa Esteban, ya que siempre anda con el PrÃncipe, desgraciadamente —y Archie se denotó afligido.
—Sospecho que Esteban está enterado, pues habló de deudas de honor el dÃa en que le di… —y en este momento Rosa se contuvo y la cara se le puso granate.