Ocho primos

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Pero Archie le insistió en que confesase, y a los cinco minutos estaba al corriente de todo, pues no era fácil desobedecer al Jefe. La aflicción de Rosa fue mayor después que el chico le puso en el bolsillo cinco peniques, obligándola a tomarlos, y dijo a la vez indignado y decidido:

—No vuelvas a hacer eso nunca; más bien mándame a Esteban, que hable conmigo si le tiene miedo al padre.

Charlie no ha tenido nada que ver con esto; lo considero incapaz de pedir un céntimo a una chica…. ni pensarlo. Pero ese es el mal que causa a Esteban, que siente adoración por Charlie y procura imitarlo en todo. No digas una palabra a nadie; yo arreglare el asunto y ninguno te acusará de nada.

—¡Válgame el cielo! —exclamó Rosa, lamentando su torpe desliz—. Siempre que quiero ser útil hago un enredo y luego cuento todo lo que sé.

Archie la consoló, diciéndole que lo mejor de todo es decir siempre la verdad, y la alentó mucho, asegurándole que haría las paces con Charlie en cuanto se le presentase la ocasión.


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