Ocho primos
Ocho primos De tal modo cumplió su palabra que a la tarde siguiente, mientras Rosa se hallaba mirando por la ventana, se sorprendió gratamente al ver a Archie y el Príncipe que marchaban juntos en dirección a su casa, tomados del brazo como en otras épocas y hablando tanto que cualquiera hubiese dicho que estaban desquitándose del silencio de tantas semanas anteriores.
Rosa puso a un lado la labor y corrió a la puerta, sonriendo a los muchachos tan cordialmente, que los rostros se iluminaron; y subieron con presteza los escalones, anhelando demostrar que de lo pasado no quedaba nada.
—¡He aquí nuestra pequeña pacificadora! —exclamó Archie, dándole un vigoroso apretón de manos.
Y Charlie, contemplando a Rosa gozoso y orgulloso, agregó:
—Y mi pequeña hermana.