Ocho primos
Ocho primos —¿De veras? Me alegra saberlo, pero en realidad, tÃo, presiento que no tengo más remedio que ocuparme de los chicos, porque recurren a mà para pedirme toda clase de consejos y eso es cosa que me agrada muchÃsimo. Claro que a veces no sé qué hacer; por eso quiero consultarlo a usted privadamente, asà luego podré sorprenderlos con mi sabidurÃa.
—Muy bien, tesoro; ¿cuál es la primera preocupación? Veo que algo te turba, de modo que puedes contárselo todo al tÃo.
Rosa posó un brazo en uno de los suyos y, recorriendo el corredor, le narró todo lo concerniente a Charlie, preguntándole al mismo tiempo qué deberÃa hacer para mantenerlo en buen camino y ser para él una hermana verdadera.
—¿SerÃas capaz de pasar un mes con tÃa Clara? — preguntó el doctor después que la niña concluyó sus explicaciones.
—SÃ, señor; pero no me gustarÃa. ¿Quiere realmente que vaya?
—El mejor remedio para Charlie es una dosis diaria de agua de rosas, o sea Rosa y agua. ¿SerÃas capaz de ir, para estar segura de que toma la medicina?
—¿Quiere decir que si estoy allÃ, se quedará en casa y dejará las malas compañÃas?
—Exactamente.