Ocho primos

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—Iré, tío; en seguida. La tía Clara me invita siempre y se alegrará de tenerme consigo. Tendré que vestirme con más cuidado, cenar tarde, conocer un montón de relaciones y tratar de ser sociable, pero ya procuraré que todo eso no altere mi manera de ser; y si me encuentro en un enredo o algo me preocupa, siempre podré venir en su busca.

Quedó, pues, decidido, y sin explicar mayormente la verdadera razón de su visita, Rosa fue trasplantada a la casa de la tía Clara, convencida de que allí la aguardaba una tarea y deseando ansiosamente realizarla.

El doctor Alec acertó en aquello de las abejas, pues siguieron a su reina, sorprendiendo a la tía Clara con la repentina asiduidad de sus visitas, presentándose de improviso a comer y organizando fiestas por la noche. Charlie fue un anfitrión muy cariñoso y para demostrar gratitud se empeñó en ser muy bueno con su «hermanita», pues al instante adivinó para que había ido y sus sinceros esfuerzos lo conmovieron hondamente.

Rosa añoró muchas veces la casa vieja, con sus deleites más sencillos y sus obligaciones más útiles, pero una vez decidida, pese a la opinión de Febe, según la cual las chicas deben cuidar a los chicos, su maternal espíritu halló sublime gozo en la nueva tarea emprendida.


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