Ocho primos

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Por supuesto, no era cosa de dejar de lado a la tía Myra, y disimulando su desagrado Rosa fue al Mausoleo, como habían bautizado su sombría vivienda. Por fortuna, no estaba lejos de su casa y el tío Alce iba a verla tan a menudo que la visita fue menos desesperante de lo que supuso. Entre los dos a veces consiguieron hacer que la tía Myra riese, y Rosa le hizo tanto bien al llevar consigo la luz del sol, cantar en la casa silenciosa, hacer platos apetitosos y sanos y distraer a la anciana con sus curiosas conferencias sobre fisiología, que Myra no se acordó de tomar las píldoras y dejó el elixir contra el insomnio, pues dormía perfectamente después de las largas caminatas y paseos en coche a que se vio inducida, y no le hicieron falta los narcóticos.

El invierno pasó volando y mayo llegó antes de que Rosa volviese a su casa. La llamaban rosa del mes, porque se había pasado un mes entero con cada una de las tías, dejando tan agradables recuerdos de su estancia, que todas anhelaban tenerla de nuevo.






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