Ocho primos
Ocho primos Descendió la tía Jessie con su hermoso gorrito puesto en la cabeza de cualquier manera y una cara tan sonriente que el tocado de la cabeza, en vez de quedarle mal le sentaba admirablemente bien. Apenas tuvo tiempo de saludar a Rosa y al doctor antes de que los chicos estuviesen en torno suyo, exigiéndole todos a un tiempo que mirase esto o aquello y pidiéndole que se alegrara, pues ella iría a medias en todo. Los grandes cuernos fueron blandidos en torno suyo como si se tratase de lanzarla al techo de una cornada, las mazas volaron cerca de su cabeza con aparente riesgo de hacer un desaguisado y un extraño conjunto de cosas provenientes de los cuatro puntos cardinales lleno su regazo, mientras siete diablillos transportados de alegría hablaban todos a un tiempo.
Pero le gustaba, claro que sí. Allí se quedó sonriendo, admirándolo todo y pidiendo explicaciones, sin que el bullicio la aturdiera, un bullicio tal que Rosa tuvo que taparse los oídos y el doctor Alec amenazó con marcharse si la baraúnda no cesaba. La amenaza surtió efecto, y mientras el tío recibía las gracias en un rincón, la tía escucho una cierta confidencia en otro.
—Bueno, querida, ¿qué tal pintan las cosas? Presumo que mejor, mucho mejor que hace una semana.