Ocho primos
Ocho primos —¡Oh, tÃa Jessie! Creo que voy a ser muy dichosa ahora que el tÃo ha venido. Hace las cosas más raras del mundo, pero es tan bueno que no puedo menos de quererlo —dijo, acercándose más a Jessie; y Rosa siguió hablándole casi al oÃdo y contándole todo lo sucedido, hasta rematar con el detalle emocionante del cajón.
—Me alegro muchÃsimo, Rosa; pero debo prevenirte una cosa: no dejes que el tÃo te mime demasiado. Es que a mà me gusta que me mimen, tÃa.
—No lo dudo; pero si no estás mucho mejor cuando finalice el año, le echarán la culpa al tÃo y su experimento habrá fracasado. SerÃa una lástima, ¿no es verdad?; sobre todo, que quiere hacer tanto por ti, y no podrá hacerlo si su buen corazón le anubla el juicio sereno.
—No se me habÃa ocurrido, y procuraré no dar lugar a quejas. Pero ¿que debo hacer yo para eso? —preguntó Rosa con ansiedad.
—No protestando cuando intente hacerte hacer algo bueno; obedeciéndolo con voluntad y buen ánimo, y hasta haciendo algún pequeño sacrificio por su bien.
—Lo haré, claro que sÃ. En el caso de que me encuentre en alguna dificultad, ¿puedo recurrir a usted? El tÃo me dijo que lo hiciese, y creo que no debo tener miedo.