Ocho primos

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—No te preocupes, querida; este es el sitio en que mejor pueden curarse las pequeñas molestias y creo que para eso estamos las madres en el mundo —dijo la tía Jessie, llevándole a sus hombros la cabecita rizada y mirándola con una expresión de ternura que demostraba cuánto sabía de esos remedios que los niños necesitan más.

Tan dulce y sedante fue la sensación, que Rosa quedó embelesada y ensimismada, hasta que la vocecita dijo:

—Mamá, ¿crees que a Pokey le gustarán algunas de mis conchillas? Rosa le ha dado a Febe varias de las cosas lindas que tiene y creo que ha hecho muy bien. ¿Puedo hacerlo?

—¿Quién es Pokey? —preguntó Rosa, levantando la cabeza y denotando la curiosidad causada por el extraño nombre.

—Mi muñeca; ¿quieres verla? —preguntó Jamie, la cual estaba muy impresionada por todo aquello que había escuchado acerca de la adopción.

—Sí; me encantan las muñecas; pero no se lo digan a los chicos, porque se burlarán.

—De mí no se ríen y con mi muñeca juegan siempre; pero a quien ella quiere más es a mí —dijo Jamie, a tiempo que corría en busca del objeto preciado.


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