Ocho primos

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—Traje mi muñeca vieja, pero la tengo escondida porque tengo demasiada edad para jugar con esas cosas; pero estoy tan encariñada con ella que sería capaz de tirarla —dijo Rosa, continuando sus confidencias en voz que parecía un suspiro.

—Puedes venir a jugar con la de Jamie siempre que quieras —dijo la tía Jessie, sonriendo consigo misma.

En aquel momento volvió Jamie, y Rosa interpretó el sentido de la sonrisa, pues su muñeca vino a ser una niña gordinflona de cuatro años, que correteaba velozmente y se encaminó con resolución hacia las conchillas, de las cuales tomó un puñado muy grande, a tiempo que decía, riendo y enseñando sus dientes blancos:

—¡Todas para Dimmy y para mí, para Dimmy y para mí!

—Ésa es mi muñeca, ¿verdad que es bonita? —preguntó Jamie observando con orgullo a la niña con las manos cruzadas en la espalda y las piernas muy abiertas, actitud varonil que había copiado de sus hermanos.

—Es una muñeca encantadora. ¿Por que la llamas Pokey? —preguntó Rosa.

—Porque es tan curiosa que siempre está metiendo la naricita en todo; y como Paul Pry no resultaba adecuado, a los chicos se les ocurrió llamarla Pokey. No es un nombre bonito, pero es en cambio muy expresivo.


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