Ocho primos

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La cabalgata descendió la montaña con tal paso que Rosa tuvo que asirse con fuerza del brazo de su tío, pues los caballos viejos y gordos se espantaron de las monerías de dos ponies que no hacían otra cosa que saltar en torno de ellos; y así siguieron, a la máxima velocidad que les fue posible. El pequeño cochecito de los chicos iba delante, pues Archie y Charlie despreciaban a los ponies desde que tuvieron a su disposición el coche mayor. Ben se divirtió mucho, y todos hicieron locuras, dando motivo a que Rosa declarase que el nombre de circo les estaba muy bien aplicado.

Al llegar a la casa descendieron y se pararon, tres a cada lado de la escalera, en actitud marcial, mientras su señoría era acompañada con gran elegancia por el tío Alec. Luego el clan saludó y volvió a montar a la orden de mando, hecho lo cual, con un restallido de la fusta el coche inició el regreso por el camino en lo que ellos consideraban un perfecto estilo árabe.

—Ha sido esplendido, tío; pero se lo digo ahora que ya ha terminado sin contratiempos —expresó Rosa, subiendo los escalones a saltos inclinando la cabeza para ver mejor cómo se movían las borlitas.

—Te conseguiré un pony en cuanto estés algo más fuerte —dijo el tío Alec sin dejar de mirarla sonriente.


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