Ocho primos
Ocho primos —Oh, no… SerÃa incapaz de cabalgar en uno de esos espantosos caballitos. Revuelven los ojos y se mueven de un modo, que me morirÃa de espanto —gritó Rosa, entrelazando las manos trágicamente.
—¿Eres cobarde?
—Tratándose de caballos, sÃ.
—No lo pienses más, entonces; ven a ver mi nuevo cuarto —y la guió escaleras arriba sin volver a hablar.
Mientras lo seguÃa, Rosa recordó la promesa hecha a la tÃa Jessie, y se arrepintió de haber rechazado la propuesta del tÃo. Mucho más se afligió cinco minutos después, y con sobrado motivo.
—FÃjate bien en todo ahora y dime que te parece —dijo el doctor Alec, abriendo la puerta y dejándola entrar delante suyo, al tiempo en que Febe descendÃa por la escalera cargada con un tacho de basura.
Rosa llego hasta el medio del cuarto, permaneció quieta y miró en torno con ojos qué revelaban su sorpresa. Todo estaba cambiado.