Ocho primos

Ocho primos

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Aquella habitación había sido construida encima de la biblioteca para satisfacción de un capricho, pero durante muchos años estuvo sin utilizarse, salvo por Navidad, cuando la casa se llenaba de gente. Tenía tres ventanas, una que daba al este, en dirección a la bahía; una al sur, donde los algarrobos balanceaban sus copas, y otra al oeste, hacia las colinas y el sol de la tarde. A la luz rojiza del crepúsculo, el cuarto tenía un brillo de encantamiento; se escuchaba el dulce murmullo de las aguas lejanas y un petirrojo gorjeaba «buenas noches» entre los árboles en flor.

Rosa vio y oyó primero estas cosas, embriagándose en su belleza con el instinto rápido de los niños; luego atrajo su vista el aspecto alterado del cuarto, que antes estaba tan lleno de cosas, tan silencioso y abandonado, y ahora aparecía iluminado de luz y acogedor en su lujo sencillo.








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