Ocho primos

Ocho primos

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Cubrían el piso alfombras de la India y se veían algunas esterillas alegres; los morrillos antiguos brillaban en el hogar, donde un fuego alegre ahuyentaba la humedad de la habitación cerrada tanto tiempo. Por todas partes había sillones y sillas de bambú y en coquetos rincones se veían mesitas muy raras; en una de ellas había un canastillo precioso, otra hacía de escritorio y sobre otra se encontraban varios libros. En una entrante estaba la cama limpia y estrecha y sobre ella una virgen encantadora. El biombo japonés, plegado parcialmente, permitía ver un juego de toilette de colores azul y blanco puesto sobre una tapa de mármol allí cerca estaba la bañera, con sus toallas turcas y una esponja tan grande como la cabeza de Rosa.

—Al tío debe gustarle el agua fría tanto como a los patos —pensó Rosa, y se estremeció al solo pensarlo.

Luego su mirada se posó en el alto gabinete, donde la puerta entreabierta dejaba ver una tentadora serie de cajones, estantes y rinconcitos que tanto apasionan a los chicos.

—¡Qué lugar admirable para mis cosas nuevas! — pensó Rosa, preguntándose que guardaría su tío en aquellos escondrijos.

—¡Oh, que hermosa mesa de toilette! —fue su nueva exclamación mental, en tanto que se acercaba al sitio misterioso.


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