Ocho primos
Ocho primos Rosa miro el interior y dio un salto, aunque todo cuanto allí había era lo que corresponde esperarse en sitio tal: ropas, zapatos, cajas y valijas. Sí, pero es que las ropas eran saquitos negros y blancos, la hilera de zapatos y botas que se veía debajo no contenía ninguno de los que alguna vez calzaron los pies del tío Alec, la caja grande de cartón tenía un velo gris que salía de ella y la valija que se hallaba colgada en la puerta era la suya propia, con su agujerito en un ángulo. Entonces paseó con atención la mirada por el cuarto y comprendió por qué le había parecido demasiado coqueto para un hombre, porque sobre la mesita de luz estaban su «Testamento» y su libro de oraciones y que significaban las rositas en los ángulos del almohadón. Durante un instante de embeleso lo entendió todo y se dio cuenta de que aquel pequeño paraíso estaba destinado a ella; y entonces, no sabiendo en qué otra manera expresar su gratitud, se arrojo al cuello del doctor Alec y dijo impulsivamente:
—¡Tío! Usted es demasiado bueno para mí. Haré cualquier cosa que me pida; montaré caballos salvajes, tomaré baños fríos, comeré platos de gusto apestoso y dejaré que las ropas me cuelguen en el cuerpo, para demostrarle cuánto le agradezco este precioso cuarto, tan hermoso, tan encantador…