Ocho primos
Ocho primos —¿Te gusta entonces? ¿Pero has pensado por ventura que es tuyo? —preguntó el doctor Alec, al sentarse visiblemente emocionado y sentar a su sobrina en las rodillas.
—No lo he pensado, lo sé con certeza; lo leo en su cara, pero tengo la impresión de que estoy lejos de merecerlo. La tÃa Jessie me dijo que usted me mimarÃa y que no debo permitÃrselo. Se me ocurre que tuvo razón y tal vez…, ¡oh, válgame el cielo!, tal vez no deberÃa aceptar este cuarto tan bello —y Rosa hizo un esfuerzo por denotarse lo bastante heroica como para rechazar todo aquello.
dicho eso —manifestó el doctor Alec, queriendo fruncir el entrecejo, aunque en el fondo de su alma sabÃa que todo estaba bien. Luego sonrió cordialmente, y su sonrisa fue como resplandor de sol en su rostro moreno; y dijo:
—Esto es parte de la cura, Rosa, y te ubico aquà para que de ese modo tomes tres grandes remedios en el estilo mejor y más fácil. Mucho sol, aire fresco y agua frÃa; esto aparte de ambiente agradable y algo de trabajo, pues Febe tiene la obligación de enseñarte a cuidar tu propio cuarto y será tu pequeña doncella a la par que tu amiga y maestra. ¿Te resulta desagradable la idea, querida?