Ocho primos

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Mientras se ponía el nuevo traje de franela azul con ribetes blancos y el sombrerito de marinero con cintas largas dejó de pensar en la prueba a que pronto se vería sometida, hasta que un silbato estridente la recordó que su tío estaba esperándola. Atravesó el jardín corriendo y descendió por el camino que llevaba a la parte de playa comprendida en la propiedad, y allí encontró al doctor Alec ocupado con un botecito blanco y rojo que se balanceaba en la marea creciente.

—Este bote es hermosísimo, y «Bonnie Belle» me gusta mucho como nombre —dijo la niña, procurando no demostrar lo nerviosa que se sentía.

—Es para ti, de modo que siéntate en la proa y aprende a guiarlo, hasta que estés en condiciones de aprender a remar.

—¿Todos los botes se sacuden de ese modo? —preguntó ella, deteniéndose para atarse mejor el sombrerito.

—Sí, se mueven como cáscaras de nuez cuando el mar está embravecido —contestó su tío, que estaba muy lejos de adivinar los temores de la chica.

—¿Está embravecido hoy?

—No mucho; parece un poquito picado por el este, pero estamos seguros hasta que cambie el viento.

—¿Usted sabe nadar, tío? —preguntó Rosa, aferrándose de su brazo cuando él le tocó la mano.

—Igual que un pez. Vamos.


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