Ocho primos

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—Oh, téngame firme, por favor, hasta que haya entrado. ¿Por qué ponen la popa tan lejos? —y, ahogando varios gritos de alarma, Rosa se corrió hasta el asiento distante y se asió con ambas manos, como si creyese que cada simple ola era precursora de un naufragio.

El tío Alec no prestó mayor atención a su miedo, pero la instruyó pacientemente en el arte de manejar el timón, hasta que ella se encontró tan absorbida en fijar en su mente las ideas de babor y estribor que se olvidó de decir «¡Oh!» cuando las olas grandes golpeaban contra el bote.

—¿Y adónde vamos ahora? —preguntó; un vientecillo fresco le daba en pleno rostro y con unos pocos golpes de remo se encontraron en mitad de la bahía.

—¿Qué te parece si vamos a la China?

—¿No será muy largo el viaje?

—En la forma en que pienso hacerlo, no. Haz que doblemos la proa y entremos a puerto, y allí tendrás un vistazo de la China dentro de veinte minutos más o menos.

—¡No está mal pensado! —y Rosa quedó pensativa, preguntándose qué querría decir, mientras disfrutaba en grande ante la vista de aquellos nuevos espectáculos.


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