Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Con ansia deseamos conocer prematuramente la vida, y la aprendemos en las novelas. Hemos conocido todo; pero entretanto, no hemos gozado de nada. Adelantando la voz de la Naturaleza no hacemos más que perjudicar nuestra dicha, y la ardiente juventud vuela demasiado tarde tras ella. Onieguin pasó también por esta fase; sin embargo, ¡qué bien conoció a las mujeres! Muy pronto supo fingir, ocultar la esperanza y los celos, desengañar, persuadir, mostrarse sombrío, decaído, orgulloso u obediente, atento o indiferente. ¡Con qué languidez callaba! ¡Qué fogosa elocuencia! En las cartas de amor, ¡qué deliciosas negligencias! Sabía olvidarse de sí mismo, deseando sólo una cosa, viviendo únicamente para ella. ¡Qué rápida y dulce era su mirada, qué tímida e impertinente! A veces, sus ojos se enturbiaban con lágrimas sumisas. ¡Qué bien sabía adaptarse a las circunstancias! Maravillaba a las almas sencillas, asustándolas con desesperación premeditada o divirtiéndolas con agradables lisonjas. Aprovechaba el momento de emoción y descuido del alma cándida, conquistaba con inteligencia y pasión, sabía esperar una caricia involuntaria, suplicar o exigir una confesión, captar el primer latido del corazón, perseguir el amor, lograr de repente una entrevista secreta y después dar a solas lecciones en silencio. Enseguida supo atormentar a las perfectas coquetas. Cuando quería humillar a sus rivales, les tendía sutiles redes, los difamaba mordazmente; pero vosotros, maridos ingenuos, seguíais siendo amigos suyos. El esposo celoso estaba bien con él, a pesar de ser discípulo de Faublas[4], lo mismo que el viejo desconfiado y el inconsciente cornudo, satisfecho de sí mismo, de su comida y su mujer. ¡Qué bien sabía atraer la piadosa mirada de la viuda resignada, y, aparentando timidez y azoramiento, entablar conversación con ella! ¡Cómo sabía disertar sobre el platonismo con cualquier señora, hacer reír con un epigrama inesperado y seguir la corriente a la tontuela! Se parecía al lobo fiero que, consumido por el hambre, sale al bosque frondoso y corretea entre los perros alrededor del rebaño sin experiencia; todo duerme, y, de pronto, el ladrón huye con un corderito al bosque sombrío.