Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin ¡He aquí esta época! ¡Vosotros, simpáticos viciosos, sabios epicúreos, dichosos indiferentes, discípulos de la escuela de Levschin[44], campestres Príamos y damas sensibles! La primavera os llama al campo; es la época del buen tiempo, de las flores, de los trabajos, de los paseos inspirados y de las noches tentadoras. ¡Amigos, marchaos al campo! Deprisa, deprisa, en calesas sobrecargadas, en pochtavie, en dolgavie, arrastrados desde las afueras de la ciudad. Y tú también, lector indulgente, en tu magnífica carretela, deja la ciudad bulliciosa en donde te divertiste en invierno. Con mi voluntariosa musa voy a escuchar el ruido de los árboles, sobre el río sin nombre, en el pueblo donde hace poco vivía mi Eugenio, ermitaño triste y ocioso, en la vecindad de la joven Tania, mi gentil soñadora, pero donde ya no se encuentra y donde dejó tristes huellas.
Atravesando las montañas que forman un semicírculo, vayamos allí donde el arroyo corre serpenteando a lo largo del verde prado, a través del bosquecillo de tilos, hacia el río; allí donde el ruiseñor, amante de la primavera, canta toda la noche; allí donde florecen las rocas silvestres y se oye el murmullo del riachuelo, allí donde están la lápida en la sombra de los viejos pinos y el epitafio que dice al visitante: «Aquí yace Vladimir Lenski, que murió prematuramente, como valiente, en tal año, a tal edad. ¡Descansa en paz, joven poeta!».