Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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Unas veces el viento de la mañana balanceaba una corona desconocida, inclinada sobre las ramas del pino; otras, al anochecer, venían aquí dos hermanas y, ante la luna, sobre la tumba, abrazadas, lloraban las dos. Pero hoy día… el triste monumento funerario ha sido olvidado. Las huellas habituales que conducían a él se han borrado. Ya no hay corona en las ramas; sólo debajo de ellas el viejo y débil pastor canta como antes y trenza el mísero calzado.

Una vez, por la noche, una de las jóvenes vino aquí; parecía que estaba atormentada por secreta tristeza. Poseída de involuntario terror, se hallaba en pie, la cabeza inclinada, llorando y juntando las trémulas manos ante los gentiles restos. Mas he aquí que con pasos apresurados la alcanzó un joven lancero de uniforme, buen tipo y rebosante de salud, luciendo bigotes negros y entrechocando orgullosamente sus espuelas. Ella fijó la vista en el militar, cuya mirada expresaba la pena, y tristemente le tendió la mano, pero no dijo nada. En silencio, la novia de Lenski se alejó con él de los lúgubres parajes: desde aquel día no volvió a aparecer allende las montañas.




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