Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin ¡Mi pobre Lenski! Ella no se consumió durante largo tiempo llorando. ¡Ay! La joven novia no es fiel a su pena: otro distrajo su atención, otro consiguió adormecer su dolor con alabanzas amorosas. El lancero supo cautivarla. El lancero es el amor de su alma. Y ya se halla ante el altar, confusa bajo su corona con la cabeza inclinada, los ojos llenos de ardor y una ligera sonrisa en los labios.
¡Mi pobre Lenski!
Más allá de la tumba, el triste poeta ¿se turbarÃa por la noticia fatal de la traición? ¿O, adormecido bajo el Leteo dichoso de su insensibilidad, ya no se atormenta por nada, y el mundo está, para él, mudo y cerrado? AsÃ, más allá de la tumba, nos espera el olvido indiferente. De repente la voz de los enemigos, de los amigos y de las amantes se calla. Tan sólo se oirá el coro de voces enfadadas de los herederos que discuten sobre la propiedad del castillo. Pronto se calló la voz sonora de Olga en la familia de los Larin.