Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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El lancero, esclavo de su destino, tenía que marcharse con ella a su regimiento. La viejecita, anegada en llanto, al despedirse de su hija, apenas parecía viva; sin embargo, Tania no podía llorar; solamente su rostro se cubrió de mortal palidez. Cuando todos salieron a la escalinata y se precipitaron en torno de la calesa a despedir a los jóvenes, Tania los acompañaba; durante largo rato les siguió con la mirada. ¡Tatiana se quedaba sola, sola! ¡Ay!, su compañera de tantos años, su deliciosa palomita, su querida confidenta, le es arrebatada por el Destino; para siempre están separadas. Cual sombra, Tania deambula o mira al jardín abandonado. No hay alegría para ella en ningún sitio ni en nada; no encuentra alivio en las lágrimas contenidas, y su corazón se desgarra.

En la soledad cruel su pasión arde con mayor vigor y su corazón le habla aún más vivamente de Onieguin. Ella no le verá más; tiene que odiar en él al asesino de su hermano. El poeta murió; pero ya nadie se acuerda de él; su novia se entregó a otro. El recuerdo del poeta pasó como el humo por el cielo azul. Tal vez sólo dos corazones se afligen todavía por él. Mas ¿para qué entristecerse?




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