Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin AnochecÃa; el cielo se oscurecÃa, las aguas corrÃan lentamente, zumbaban los escarabajos y se separaban los jorovods. Por el otro lado del rÃo ya ardÃan las hogueras de los pescadores. En el campo puro, bajo la luz plateada de la luna, Tatiana andaba sola durante mucho tiempo, sumida en sueños; andaba, andaba…, y de repente, desde la colina, divisó ante sà la casa señorial, la aldea, el bosquecillo que se extiende a sus pies y el jardÃn al borde del lÃmpido rÃo. Mira, y su corazón se pone a latir más precipitadamente. La duda la atormenta; piensa: «¿Continuaré adelante o volveré hacia atrás? Él no está aquÃ, a mà no me conocen. ¡Iré a visitar esta casa y este jardÃn!». Tatiana desciende de la colina, respirando apenas; echa una mirada llena de sorpresa alrededor y entra en el patio desierto. Los perros se echan encima de ella ladrando; a su grito asustado acuden ruidosamente unos chiquillos que, no sin golpes, logran ahuyentar a los canes, tomando bajo protección a la señorita:
—¿No se podrÃa visitar la casa? —pregunta Tatiana.