Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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Deprisa, los niños corren hacia Anisia para pedirle las llaves de la entrada. Al instante aparece Anisia, y las puertas se abren ante Tatiana, que entra en la casa desierta, en donde hace poco vivía nuestro héroe. Contempla en la sala, sobre la mesa, el taco olvidado, la fusta, en el viejo diván; sigue adelante, mientras la viejecita le dice:

—Mire la chimenea; aquí solía sentarse el barin[45]. Aquí cenaba con él, en invierno, nuestro vecino el difunto Lenski. Por favor, sígame; aquí tiene el gabinete del barin, en donde él dormía, tomaba el café, escuchaba el informe del intendente y leía por las mañanas. También el barin viejo, poniéndose las gafas, solía jugar conmigo los domingos a durachki[46]. ¡Dios salve su alma y guarde en paz sus huesos en la tumba, en el seno de la tierra húmeda!








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