Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Tatiana, con los ojos conmovidos, mira todo a su alrededor, y todo le parece inapreciable, todo aviva su triste alma con martirizadora alegría: la mesa con la lamparilla apagada, el montón de libros y, debajo de la ventana, la cama cubierta de un tapiz; el paisaje que se extiende a través del crepúsculo de la luna, esta pálida media luz; el retrato de lord Byron, y la figurita de hierro, con su rostro sombrío bajo el sombrero, con las manos apretadas sobre una cruz. Tania, durante mucho tiempo, se queda como fascinada en esta celda mundana. Pero ya es tarde; se ha levantado un viento frío; el valle, a lo lejos está oscuro; el bosquecillo duerme; la luna, sobre el río brumoso, se ha escondido detrás de las montañas, y ya es hora, desde hace tiempo, de que la joven peregrina regrese a su casa. Tania, disimulando su turbación, y no sin suspirar, emprende el camino de vuelta; pero antes pide permiso para visitar el castillo desierto y leer sola los libros. Se despide del ama de llaves en la puerta.