Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Al día siguiente, por la mañana temprano, se presentó de nuevo en la entrada abandonada desde hace poco, y, al cabo, sola en el gabinete silencioso, olvidándose por un momento de todo en el mundo, se puso a llorar durante mucho rato. Después se acogió a los libros; al principio no se sintió con fuerzas para ello; su elección le parecía rara. Con el alma llena de avidez, Tatiana se entregó, por fin, a la lectura, y un nuevo mundo se abrió ante ella.
Aunque sabemos que hace tiempo a Eugenio no le gustaba la lectura, había, no obstante, excluido del destierro algunas creaciones: los cantos del Giaour y Don Juan, y con ellos, también dos o tres novelas, en las que se reflejaban este siglo y el hombre de hoy en día, con su alma inmoral, fría y egoísta, entregada exageradamente a los ensueños; con su cerebro amargado, enfurecido por fútiles razones, era representado con bastante exactitud. Muchas páginas guardan las fuertes marcas de sus uñas; los ojos de la joven se fijan atentamente en ellas. Tatiana, estremeciéndose, ve con qué observación Onieguin había sido sorprendido, con qué pensamiento estaba de acuerdo. En el margen encuentra las señales de su lápiz: una breve palabra, una cruz o un punto de interrogación; en todos sitios aparece involuntariamente el alma de Onieguin.